sábado, 24 de abril de 2010

El SER PROFUNDO


O la “iluminación”

Hay como dos seres en nosotros: uno profundo, que es nuestro ser verdadero, y otro superficial, que es lo que creemos que somos y que, en realidad, no somos. El primero es el que hemos recibido al nacer, el segundo es el que los padres, la familia, la sociedad, el entorno nos han fabricado. El primero es pura espontaneidad, el otro es el que se ha ido haciendo para encajar en el ambiente, para hacerse aceptar por los demás, para hacerse amar. El primero es libre, el segundo es más o menos esclavo. El primero pertenece al meollo de la persona, a su centro, a su alma, a su “corazón”, a su raíz; el otro pertenece al mundo de los sentidos y de la mente. Éste es el siervo inconsciente que, pensando estar solo, ha dejado al amo encerrado en la oscuridad del sótano y se ha quedado dueño de casa.

En su ser profundo uno ES, en el otro ESTÁ.

Entre los dos está la conciencia. La conciencia es como un ojo libre e independiente que hace que uno no sea un ente. Es el instrumento que nos permite ver y elegir. La conciencia no es el yo. No debería identificarse con el ser profundo o el ser superficial, pero, en la práctica, está muy enredada con éste último, debido a la casi total ignorancia que tenemos respecto a nuestra identidad profunda y verdadera.

Es un hecho fácil de comprobar que la conciencia que cada ser humano tiene de sí mismo no supera mucho la información que recibe de los sentidos. ¿Qué dicen los sentidos? Que tú eres así o asá… Describe tu personalidad, tu apariencia, tus hábitos, tus inclinaciones, tus afectos, tus sueños, tus emociones, tus ideales, tus sentimientos y, por allí, algo de tus intuiciones, como si tú fueras la suma de todas esas cosas. Pero no es así en absoluto; todo aquello es tuyo, por cierto, pero nada de ello es lo que tú eres. Si bien cada uno tiene una personalidad propia, nadie se reduce a esa personalidad, ni mucho menos.

Constantemente solicitada por el mundo mental y emocional, la conciencia queda a la merced del yo superficial. Poca información recibe del ser profundo porque éste está como ahogado o amordazado por el otro. Pero la conciencia no deja de intuir que hay algo más en lo profundo del ser, y por eso casi nunca está tranquila o satisfecha. Sin saber por qué…

Se nos ha enseñado que nacimos como materia bruta que la educación, la cultura, la civilización y la religión se encargan de ir puliendo en el transcurso de los años con el propósito de hacer de nosotros personas más o menos humanas, adaptadas a la sociedad y aceptables para Dios. ¡Nada más equivocado! Somos todo lo contrario de eso. No somos materia bruta. Somos libertad, imaginación, creatividad, gratuidad, sabiduría, amor, belleza y muchísimo más. Somos, según dice la misma Biblia, imagen de Dios.

Así nacimos y ése es nuestro ser profundo, nuestro ser verdadero. Por supuesto, ese tesoro, que está muy dentro de nosotros, no nació desarrollado; había que hacerlo crecer de chiquito a grande. Pero ¿qué pasó? En vez de ser desarrollado, ha ido achicándose cediendo todo el espacio al ser exterior. Pues fuimos criados antes que nada para que nos amoldemos a la sociedad. Para que seamos útiles, capaces de competir y de satisfacer las ambiciones de la familia, de la nación, de la raza o de la religión. Todo el misterio que éramos quedó en gran parte asfixiado.

Los modelos de aquellos que habían logrado desarrollar su ser interior quedaron fuera de alcance. Eran excepciones. Lo normal era lo otro. Y dijeron que eso era lo que Dios quería: que fuéramos obedientes, pacíficos y perfectos; que no causáramos problemas a nadie, que sirviéramos las metas de la sociedad, y trajéramos honor y, de ser posible, prosperidad a la familia, a la patria y a la Iglesia.

La vida era un deber, una carga, una responsabilidad, una moral. Venimos al mundo para cumplir un papel asignado por la sociedad. Si no, no merecíamos vivir. Nacimos libres, pero ni bien salimos del vientre de la madre, nos hicieron esclavos. Desde ese momento empezamos a fingir, a mentir, a edificar nuestra vida, no sobre lo verdadero, sino sobre lo que iba a gustar a los demás, con un solo fin de poder gozar del derecho de vivir…

Lo que dice la Biblia

La Biblia tiene en gran parte la culpa de esa gran equivocación. Nos enseña que somos imágenes de Dios pero enseguida nos dice que todo se echó a perder con el pecado original, ese pecado monstruoso que, al nacer, heredamos de los antepasados míticamente sintetizados en las figuras de Adán y Eva. Pero, gracias a Dios, todo ha sido reparado por Jesucristo y, mediante el bautismo, volvemos a recuperar nuestra semejanza divina. Sin embargo, no se nota mucho en el mundo la diferencia entre los bautizados y los que no lo son (la excusa - porque siempre hay una - es que el bautismo borraría el pecado original sin anular las consecuencias del mismo... ¡Que viveza! Somos salvados... sin serlo). Mirándolo en forma global, podemos afirmar, al contrario, que los cristianos siguen de pecadores igual que los no cristianos.

O tal vez la Biblia no esté equivocada, sino que nosotros seamos los que no supimos interpretarla correctamente. La Biblia, al hablar de la caída de Adán y Eva, quizás no quería decir otra cosa que lo que dijimos aquí arriba: que los seres humanos fueron creados a imagen y semejanza de Dios - tal vez no como dioses, sino como seres inocentes tales como los animalitos o los niños - , pero, cuando se organizaron en sociedad fueron imponiendo reglas que, si bien eran necesarias para la supervivencia – no dejaban de chocar cada vez más con la naturaleza profunda de las personas.

La sociedad fue usurpando el papel de Dios, haciéndose dueña de la vida y del destino de las personas. Cambió las reglas sagradas de la vida inscritas en lo profundo de la conciencia humana. Se hizo Dios a sí misma, modelando al ser humano a la imagen y semejanza de ella y se dio una clase de “fascismo” primitivo (si se me permite este anacronismo) que perdura hasta ahora.

Se introdujo una fuerte diferencia entre las personas, poniendo unas arriba de otras, unas con más derechos que otras, unas esclavas de otras. El proyecto original de Dios (o de la naturaleza) se deformó, se desnaturalizó, se falseó, se arruinó.

Se creó en el ser humano una conciencia falsa: lo que importaba para vivir, ya no era ser fieles a su naturaleza profunda, sino conformarse a las normas de la sociedad.

Se podía, a través de las religiones, buscar la forma de volver a Dios como a la fuente de la vida, pero eso era secundario. Lo primero era lo otro. Obedecer al Anciano, al padre, al brujo, al sacerdote, al jefe, al rey, al emperador, al Estado era más vital que obedecer a Dios.

Dios mismo estaba puesto al servicio del rey. La voluntad del jefe se confundía con la de Dios. Finalmente, el mismo jefe era dios. Si hubo pecado original, tiene que haber sido algo más o menos por el estilo… (Ver: el rey de Babilonia en Isaías 14, 1-27; el rey de Tiro en Ezequiel; el castigo de Nabucodonosor en Daniel).

Si esto tiene algún fundamento en la historia del ser humano, es más fácil de comprender por qué nos cuesta tanto ser fieles a nosotros mismos, reencontrarnos en la verdad de nuestro ser profundo, y, por lo tanto, reencontrarnos con Dios sin romper, al mismo tiempo, con muchas reglas fundamentales de la sociedad. Por eso, nos cuesta tanto “convertirnos” a la verdad de lo que somos y a la misma verdad de Dios, sin ser revolucionarios. Y por eso también, nos parece que el Evangelio nos complica mucho las cosas al exigir que “nazcamos de nuevo” y volvamos a ser como “niños”..., es decir que volvamos a ser lo que siempre hemos sido antes que la sociedad nos ponga encima su armadura de hierro más pesada todavía que la de los caballeros medioevos.

Romper con el “mundo” que asfixia a las personas

Porque el Evangelio está claro. No hay conciliación, no hay compromiso, no hay término medio, no hay componendas posibles entre el camino de Dios y el camino fabricado por los humanos, ése que el Nuevo Testamento llama “mundo”, y que la sociedad nos obliga a seguir. (El “mundo” a que se refiere el NT en un sentido negativo es la superestructura cultural, religiosa, social, y no, por cierto, el mundo creado por Dios y amado de él, que es el mundo de la naturaleza. Se trata del mundo supuestamente civilizado y evolucionado que se organiza a partir de la lucha por el poder, la riqueza, el placer y los intereses particulares considerados como fines en sí mismos, en detrimento del bien de las personas y del conjunto de la comunidad). Jesús anuncia una Buena Nueva que se realiza en la medida en que uno acepta de recomenzarlo todo a partir de cero. Exige un rechazo, sin concesión alguna, a la forma en que se estructura la sociedad, a sus valores, sus objetivos, sus intenciones, sus ideales, sus normas.

Para Jesús, incluso lo bueno que pueda contener la sociedad no sirve, por ser demasiado entretejido con un conjunto que lleva la muerte en sí mismo (cfr. la olla de barro andando con la de hierro, en el AT y en san Pablo). Su exigencia es radical: Ha venido a traer la guerra y no la paz a ese tipo de sociedad. No ha venido a remendar lo viejo con trozos de paño nuevo. Hay que dejarlo todo para seguir el camino nuevo que él abre para todos. No se puede estar con él y con lo que ya no va. La familia, la propiedad, todo lo que uno tiene, todo lo que uno es, es decir todo lo que ata a uno, lo que le impide caminar, lo que lo obliga a ser un número no más dentro de la sociedad, un simple engranaje, una pieza útil para que funcione la máquina, todo eso tiene que ser desechado. Hay que nacer de nuevo, de arriba, es decir, desde el espíritu, desde la mentalidad, desde ese aliento que el mismo Dios da en abundancia a quién con sinceridad lo busca.

Es tan vital, tan fundamental para la vida del mundo que se cambie de rumbo y se comience todo de nuevo que Jesús dice que hay que hacerlo aunque tenga uno que ser crucificado. Él habla de un verdadero morir a UN MUNDO CONSTRUIDO SOBRE LA MENTIRA y de un morir a uno mismo en cuanto uno es hijo/a de ese mundo (el yo falso, superficial). De allí esta palabra tan fundamental en el Evangelio de Juan: “He venido para un juicio: para que conozcan la verdad.” “La verdad los hará libres”; adorar “en espíritu y en verdad”, es la adoración que Dios quiere. El “Espíritu de Verdad” vendrá a ustedes y conocerán la verdad. Entenderán todo lo que les enseñé y descubrirán más cosas todavía hasta llegar a la verdad completa. Harán todo lo que hago y cosas mayores todavía” (Jn 9, 39; 8, 31;4, 24;16, 13;16, 13;14, 12).

Ciertamente ese cambio radical admite tiempos: no todos lo abrazan desde un principio. Hay que ser tolerante y paciente con los que demoran (el trigo y la cizaña, la higuera que tarda en dar frutos, el que no está contra mi está conmigo), pero no se les cambia la fórmula a nadie. No se les rebaja la exigencia. Aunque sean pocos los que se arriesguen, hay que largarse, sin miedo.

Por supuesto, el “mundo” es incompatible con la gente libre, no la aguanta, la juzga peligrosa, amenazante, busca crucificarla, pero no hay que hacerle caso a ese mundo. “Yo he vencido al mundo”, dice Jesús.

Aquí viene lo de la cruz de Jesús. Jesús se deja devorar por el monstruo (el signo de Jonás) para vencerlo desde adentro. Se deja matar en la cruz, cargando con todo el mal, la impotencia, la desesperación de una humanidad cansada, moribunda. Se hace “hijo del hombre” hasta la muerte sin perder su identidad de imagen de Dios: se entrega como hijo en manos de Dios, y como hermano a todos nosotros, confiado que, más allá de la misma corrupción, Dios puede de esa nada rehacerlo todo (Sal 50; Is 53). La muerte de Jesús toma un valor universal por el sentido que el mismo le da, porque lo que lo lleva hasta ese extremo es el amor que nos tiene a todos los humanos. Lo hace por nosotros. Por eso su resurrección, su despertar, su nacer de nuevo más allá de la muerte es nuestra resurrección. Nuestro nacer de nuevo, nuestra salvación.

Para Pablo no queda nada en pie, ni siquiera la Ley sagrada, que Jesús no abolió sino superó. La Ley mostraba el camino, pero con Jesús ha llegado el camino. Jesús nos pone en contacto directo con la fuente. Todos los intermediarios y las mediaciones caen. Uno vuelve al Paraíso, al Ser verdadero, por el don del Espíritu. Todo es Don, Perdón, Gracia. Es la iluminación.

La iluminación

De la iluminación nace la energía para reconstruir, pero sobre bases nuevas. Las desigualdades desaparecen. Las fronteras también. Cada ser humano es un hermano. La justicia y el amor no se separan. La libertad es la marca porque es la del Espíritu. No de esclavos sino de hijos. Nace la comunidad de personas libres unidas en la verdad por los vínculos del amor.

Muchas “perícopas “del Evangelio, parábolas, milagros, conflictos, discusiones, no son sino “caminos” más o menos “fabricados” por la comunidad primitiva para guiar a los neófitas hacia el encuentro del Señor, es decir, hacia la iluminación. Las curaciones de ciegos, sordos, mudos, leprosos, paralíticos, la Samaritana, las bodas de Caná, la resurrección de Lázaro y otros resurrecciones, el hijo pródigo, el samaritano, Zaqueo, el rico y el pobre, la multiplicación de los panes, la Transfiguración, las apariciones de la resurrección, la poda de la Vid, etc., son historias fundadas sobre una sola realidad: Jesús Resucitado es el Camino del Encuentro con Dios, él es la Luz y es la Vida. Él es el Salvador y el Señor. La práctica del bautismo y otros sacramentos son rituales de iniciación a esa experiencia que se van desarrollando al ritmo de expiración, inspiración y respiración del ser nuevo en el Espíritu, es decir en el Soplo de Dios. Se bautiza al que alcanzó la Iluminación que ya lo configuró, asemejó, asimiló a Cristo Resucitado. Ese ritual de iniciación sagrada lleva el nombre de “Ilustración” (o “lustración”). Todo gira alrededor del soplo y de la luz, de un morir y de un nacer, siendo la inmersión en el agua y la salida de la misma el símbolo de la muerte en Cristo y de la entrada con él en el seno de la Vida nueva.

No sólo el Nuevo Testamento es un camino hacia la “Iluminación”, sino que también lo es el Antiguo Testamento. Moisés y los profetas son unos “iluminados”. Israel, conducido de las tinieblas de Egipto a través de la matriz del Mar Rojo por la luz de Yahvé (la columna de fuego), es un pueblo iluminado, que ha muerto a todo un pasado, a una manera de ser, para nacer a una manera distinta de vivir que es reflejo de la cara de Dios (su “gloria”). Esa luz es la Ley de Dios. Él que se adecua a esa Ley, de corazón, en verdad (en obras), ése a su vez se convierte en luz (Is 58; la luz es la señal de la vida; es vida, mientras la muerte es lo contrario: sombra, oscuridad, tinieblas).

Esa “adecuación” es una Alianza entre Dios y su pueblo; es un verdadero desposorio. Las condiciones esenciales para vivir en esa alianza, en esa Luz, son expresadas con toda fuerza en el primer, segundo y último mandamiento: No tener a otro dios que al Dios “Único” que entra en la Historia y saca a Israel de la esclavitud. No hacerse “imágenes” de lo divino para rendirles culto (“imaginar” a Dios, fabricarse ideas sobre Él; la ilusión, lo falso, la idolatría). No codiciar; no “desear” lo ajeno (el famoso deseo de Buda, causa de todo sufrimiento), raíz de la enajenación, de la esclavitud, de la idolatría….

El Siervo sufriente, la poda del antiguo Israel hasta la raíz, el pequeño Resto que “brota” del tronco cortado, que será portador de la salvación (lo que Jesús va a encarnar junto con la comunidad de sus seguidores, granito de mostaza, levadurita en la masa), es el que muere a todo lo falso, a los falsos salvadores, a la magia, a los Mesías falsos, a la mentira, a los ídolos, para que, a través de él, estalle el resplandor de la presencia salvadora, “transfiguradora”, de Dios.

Jesús es la Luz, es el Camino, la Revelación del camino del hombre hacia Dios y de Dios hacia el hombre: el encuentro entre ambos. No es una palabra, un mandamiento, una ley; es la misma encarnación de la Palabra, del mandamiento vivido; es la Ley hecha carne, es decir una camino vivo.

Para el hinduismo, taoísmo, budismo, judaísmo, Islam o cristianismo, la vida no tiene sentido (es falsa) si no está orientada (“oriente”, Este, Sol levante) hacia la Iluminación. Para cualquiera de esas religiones, el camino para alcanzar dicha Iluminación es el mismo: rechazar (es decir: no identificarse jamás con…o dejarse dominar por…) la ilusión, lo falso, lo efímero, lo pasajero, para volcarse hacia lo esencial, lo perdurable, lo eterno: el ser verdadero, que está en lo profundo de nuestro ser, asentado en la única realidad verdadera: Dios, que se lo nombre o no.

Así se va recuperando lo que somos de verdad: imagen de Dios, en Cristo, que es imagen perfecta del Padre.

De una orilla a otra

“¡Mar adentro!” es la consigna de Jesús a los discípulos que pescaron toda la noche sin sacar nada… (Lc 5, 4). Los invita a dejar las seguridades estériles de la orilla del dinero, del poder, de los dogmas, de la Ley, para hundirse hacia lo más temible, más oscuro y más profundo. En otras palabras, los invita a dejar el mundo del hacer, del aparentar, del sentir, del querer, de lo “ya hecho”, de lo cerrado, de lo muerto, del falso Yo, para abrazar el mundo del Yo real y verdadero, donde brota la vida en abundancia y la libertad pura (los 153 pescados grandes en Jn 21, 11).

Es así como los pescadores del lago de Galilea, se “convierten” en “pescadores de hombres”. Habiendo experimentado en sí mismos la “roca”, lo Verdadero, ellos se transforman en testigos, luz, guías para conducir a otros hombres y mujeres de la orilla del Yo de la nada a la orilla del Yo que es vida. Jesús los envía a resucitar lo que ha muerto. Entre las dos orillas, hace de puente la Buena Noticia del perdón gratuito y del amor infinito de Dios. Ésta es como la fuerza de Dios que impulsa a abandonar la playa de las arenas estériles para largarse hacia las hondas fuentes de la vida, allí donde origina el gran proceso de regeneración de todas las cosas y donde la “carne” (el mundo mental y físico) vuelve a florecer y la creación nueva empieza….

Renunciar a todo para encontrarse con la luz divina no es lo mismo que despreciar al mundo o retirarse de él. Es más bien el camino más seguro para transformarlo y transfigurarlo todo. “El que guarda su Yo lo pierde, el que lo pierde lo salva…” “El que ha renunciado a todo para seguirme, recibirá el céntuplo en este mundo y la vida eterna en el otro” (Lc 17, 33; Mt 19, 29). En otras palabras, al renunciar al pequeño Yo, que pertenece a lo efímero, al miedo, a la impotencia, a la codicia, a la mezquindad y a la crueldad, no se pierde absolutamente nada, al contrario, se gana todo, porque ése es el camino para humanizarnos y hacer al mundo igualmente más humano. No es abandonar la tierra para vivir en las nubes, sino bajar de las nubes para fecundar la tierra. Como la lluvia.

1 comentario:

  1. Se reite el mensaje decía que es muy interesante lo que dicesobre que somos dos seres en un mismo cuerpo! Gracias por compartir

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